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Arqueología de una mujer que arde
Este fin de semana mi cuerpo volvió a estremecerse. El mar me acarició la piel, el erotismo despertó mis sentidos y la música de una puesta en escena me provocó un orgasmo que no nació entre las piernas, sino en algún rincón del alma donde todavía habitan mis pasiones.
Las percusiones sacudieron mi pecho. El violonchelo me devolvió a los años en que escuchar la cantata Carmina Burana me estremecía hasta las lágrimas. Cerré los ojos y sentí que el corazón me saltaba de emoción. Hacía una década que no experimentaba aquella intensidad.
Entonces me pregunté: ¿cuándo aprendí a contener tanta vida?
Estoy cerca de cumplir cincuenta años y he comenzado una excavación arqueológica en mi propia existencia. No busco civilizaciones perdidas, sino a la niña que fui antes de que la familia, la religión y las buenas costumbres me enseñaran a moderarme.
Porque no está mal sentir demasiado. El verdadero desafío es aprender qué hacer con tanta intensidad.
De pequeña quise ser arqueóloga, bailarina y deportista. Soñaba con viajar, descubrir territorios, explorar los límites de mi cuerpo y conocer el mundo. Pero era la hermana mayor, aquella que debía cuidar, ayudar, comprender y sostener.
¿Cuántas mujeres de mi generación dejamos nuestros sueños esperando turno mientras criábamos hijos, cuidábamos hermanos o sosteníamos familias?
Aprendimos que ser buenas mujeres significaba estar disponibles para los demás, incluso cuando eso implicaba ausentarnos de nosotras mismas.
Desde niña fui expresiva, intensa, inquieta. Todavía escucho que soy demasiado histriónica, como si exteriorizar las emociones restara credibilidad. Pero la expresividad también es parte del temperamento de muchas personas, particularmente de quienes encontramos en el arte una forma de interpretar el mundo.
No todo gesto intenso es una exageración. No toda emoción desbordada es un defecto.
A los hombres apasionados se les reconoce el carácter; a las mujeres expresivas se nos suele llamar dramáticas, exageradas o histéricas.
Y esa última palabra tiene una historia.
Durante siglos, la medicina utilizó la histeria para diagnosticar comportamientos y malestares diversos, especialmente femeninos. El término proviene de una antigua asociación con el útero. Incluso circularon relatos sobre tratamientos médicos mediante estimulación genital para aliviar supuestos síntomas, aunque la versión popular de médicos provocando orgasmos rutinariamente carece de sustento histórico sólido.
Lo indiscutible es que los prejuicios de género contribuyeron a convertir emociones, deseos y experiencias femeninas en asuntos que debían corregirse.
Las normas sociales alimentadas por determinadas interpretaciones religiosas hicieron lo suyo: disciplinaron nuestros cuerpos, asociaron el placer con la culpa y elevaron el sacrificio a la categoría de virtud femenina.
Así, muchas aprendimos a desconfiar de nuestra propia naturaleza.
Sin embargo, la historia también conserva imágenes de mujeres que desafiaron esos mandatos.
En las sociedades nórdicas encontramos relatos de guerreras y evidencias arqueológicas que cuestionan nuestra idea de quién podía empuñar una espada. En distintas comunidades romaníes, mujeres han defendido su autonomía e identidad frente a siglos de discriminación.
Y en numerosos pueblos, las mujeres combatieron, crearon, gobernaron y resistieron, aunque nunca estuvieron completamente libres de estructuras patriarcales.
Eran capaces de ejercer fuerza y expresar sensualidad, de amar y luchar, de cuidar y reclamar libertad.
¿Por qué seguimos creyendo que una mujer fuerte debe renunciar a su feminidad o que una mujer sensual pierde respetabilidad?
En mi vida conocí a un hombre que comprendía esa libertad. Era bailarín, dueño de una disciplina corporal admirable, y me enseñó a explorar mis límites físicos y emocionales.
Una vez me dijo que cuando él ya no estuviera, yo sabría cómo cuidarme sola.
Hoy continúa bailando y ha dedicado parte de su vida a aliviar, con sus conocimientos y sus manos, el cansancio y las dolencias de otros cuerpos.
Quizá nunca imaginó cuánto permanecería en mí aquella enseñanza.
Con él comprendí que existen hombres que no necesitan apagar nuestra fuerza para sentirse poderosos. Hombres que no buscan mujeres dependientes, sino compañeras capaces de caminar a su lado, libres, apasionadas y dueñas de sus decisiones.
Esa es la libertad compartida que siempre he valorado: amar sin poseer y acompañar sin domesticar.
Y si el camino continúa en soledad, saber recorrerlo también es una forma de amor.
Ahora, en el umbral de la menopausia, encuentro otra contradicción social. Pasamos la juventud escuchando cómo debemos comportarnos y llegamos a la madurez para que nos expliquen cómo debemos envejecer.
Que ya no tenemos edad para ciertas prendas, que el deseo desaparece y que debemos aceptar discretamente el paso del tiempo.
Como si la menopausia fuera una orden de desalojo de nuestra propia piel.
No niego las transformaciones hormonales, las molestias ni las dificultades que muchas mujeres experimentan. Pero ninguna etapa biológica debería convertirse en una sentencia contra el placer.
La cantante Tina Turner, quien después de los cuarenta reconstruyó su carrera y conquistó escenarios con una sensualidad y energía que desafiaban las expectativas sobre la edad femenina.
No necesitó parecer una muchacha para ser magnética. Necesitó seguir siendo Tina, como yo necesito seguir siendo Mónica.
Y eso quiero decirles a las mujeres de mi generación que se miran al espejo y solamente encuentran arrugas, cansancio o una versión marchita de sí mismas.
Mírense otra vez.
Debajo de las cicatrices sigue viviendo aquella niña que corría, brincaba, cantaba, bailaba sin vergüenza y reía hasta que le dolía el estómago.
Quizá lleva décadas esperando que alguien le abra la puerta.
Este fin de semana regresé al mar, ese amante antiguo que me recibe sin preguntarme cuántos años tengo, cuánto peso o qué responsabilidades dejé pendientes.
También me hice los piercings que siempre había querido. Un gesto aparentemente pequeño, pero profundamente simbólico: recuperar la soberanía sobre mi cuerpo.
Y volví a reconocer el erotismo como una fuerza vital, no como una vergüenza.
Descubrí que deseo muchas cosas: besar, bailar, viajar, nadar, escuchar música, escribir, amar, explorar mi cuerpo y aprender algo nuevo.
Porque el deseo no siempre busca una cama. A veces quiere un escenario, un océano, un abrazo, una aventura o simplemente la libertad de existir.
No toda emoción exige una acción inmediata ni todo deseo necesita cumplirse. La madurez consiste también en reconocerlos, comprenderlos y decidir conscientemente qué hacer con ellos.
La intensidad sin conciencia puede lastimarnos, pero la prudencia convertida en represión también puede apagarnos lentamente.
No me arrepiento de haber sido madre, de amar ni de cuidar a quienes me necesitaron. Lo que hoy cuestiono es haber creído que para ser buena con los demás debía renunciar a partes de mí.
Por eso he comenzado mi propia arqueología.
Entre las ruinas de lo correcto voy encontrando fragmentos de una bailarina, una exploradora, una amante, una guerrera, una escritora y una niña que jamás comprendió por qué sentir tanto podía considerarse un defecto.
No pretendo recuperar mis veinte años. Quiero vivir los casi cincuenta con todo lo que ahora sé.
Quizá la verdadera magia de las brujas no estaba en sus pócimas, sino en su capacidad de conocer la naturaleza, escuchar su intuición y desafiar los límites impuestos.
Y quizá el aquelarre más poderoso de las mujeres maduras comience cuando dejamos de competir por parecer jóvenes y celebramos que seguimos vivas.
A las mujeres que se sienten marchitas les digo: nunca es tarde para rescatar a la niña que fueron. Para volver a bailar, enamorarse, descubrir su sensualidad, aprender, viajar o simplemente disfrutar de su propia compañía.
No permitan que nadie confunda sus años con la extinción de su fuego.
“Porque no está mal arder. Lo importante es aprender a cuidar nuestro fuego para que nos ilumine y no nos consuma.”
Hoy, a mis casi cincuenta años, la arqueóloga que nunca pude ser finalmente encontró su mayor descubrimiento.
Debajo de tantas capas de obediencia, miedo y sacrificio, seguía yo.
La Gitana Insurrecta. La que siente, baila, desea, escribe, ama y todavía tiene mucho mundo por recorrer.
“No he vuelto a ser joven. He vuelto a ser mía.”.
Arqueología de una mujer que arde
