Como te ves, me vi: la vejez que también nos alcanzará
Mi abuelo Eduardo Franco, “El Turco”, fue boxeador, danzonero del Salón México y un hombre muy atractivo. Tuvo la fuerza para enfrentarse a otros hombres sobre el cuadrilátero y la elegancia para deslizarse por una pista de baile. Pero, como todos los seres humanos, envejeció.
Alguna vez, cuando alguien le faltó al respeto, lo escuché decir una frase que desde entonces me acompaña:
“Como te ves, me vi; como me ves, te verás”.
Hoy entiendo mejor la profundidad de sus palabras. El desprecio hacia las personas adultas mayores nace, muchas veces, del miedo a nuestro propio deterioro, de la arrogancia de creer que la juventud será eterna y de la absurda idea de considerar la belleza como un mérito personal.
Nadie conquista una piel tersa: simplemente nace con ella. Ninguna arruga es una derrota. Cada una es la huella de haber caminado en este mundo.
Hay una vieja historia sobre un joven que se burlaba del rostro arrugado de un pescador. El anciano lo llevó hasta el río, esperó a que mirara su reflejo y arrojó una piedra al agua. Las ondas deformaron la imagen.
“Esa piedra es el tiempo”, le explicó. “Hoy te burlas de mi corteza, olvidando que el árbol más fuerte también comenzó siendo una rama frágil”.
El joven quiso detener las ondas con las manos, pero no pudo. Nadie puede.
Recordé esa historia al escuchar a las diputadas Nayeli Salvatori y Grace Palomares decir que los hombres mayores “huelen a baúl del recuerdo” y “ya se están pudriendo”. No fueron bromas privadas, sino expresiones discriminatorias pronunciadas por representantes populares desde una plataforma pública.
La libertad de expresión no cancela la responsabilidad política y disculparse no consiste en lamentar que otros se hayan ofendido, sino en reconocer el daño causado y asumir sus consecuencias.
En el caso de Salvatori, Morena alimentó durante años un personaje cuya desfachatez, vulgaridad y provocación parecían rentables electoralmente. Mientras generaba audiencia y votos, la estridencia era celebrada como autenticidad. El problema de alimentar al monstruo es que un día deja de obedecer al dueño del circo.
Palomares representa otro mal de nuestra política: el salto de un partido a otro de acuerdo con las oportunidades del momento. PRI, Partido Verde, Nueva Alianza, Movimiento Ciudadano y finalmente Morena. Cambian los colores, pero el oportunismo permanece.
Ambas llegaron a un movimiento que se reivindica de izquierda, pero burlarse de las personas por su edad es incompatible con cualquier principio de igualdad. Tampoco basta con ser mujer para asumirse feminista. El feminismo no es una membresía automática ni una coartada electoral: es una ética contra todas las formas de dominación y desprecio.
Morena suspendió cautelarmente sus derechos partidistas, pero ambas conservarán sus curules. Habrá que esperar la resolución definitiva y observar si la indignación institucional se transforma en una verdadera consecuencia o si, pasado el escándalo, vuelven a aparecer en la boleta. Porque equivocarse es humano; convertir la ofensa reiterada en estrategia de posicionamiento es otra cosa.
Pero el problema es más profundo que dos diputadas.
Los comentarios que ridiculizan el cuerpo, la enfermedad o la sexualidad de cualquier persona generan un ambiente social de desprecio. No estoy afirmando que una frase provoque directamente un homicidio; sostengo que la deshumanización construye un terreno donde la violencia se vuelve más tolerable.
Primero alguien se ríe de “los viejitos”. Después los considera estorbos, cuerpos desechables o personas incapaces de sentir. Y cuando una sociedad aprende a mirar a un grupo como inferior, también disminuye su capacidad de indignarse cuando ese grupo es abandonado, explotado o violentado.
Ahí está Dominga Pérez Comisario.
Tenía más de 80 años y todavía salía a vender cemitas para sobrevivir. La noche del 4 de agosto regresaba a su casa, caminando con bastón y cargando su canasta, cuando un hombre la siguió. Le quitó los 70 pesos que había ganado y, aunque ella entregó el dinero, la golpeó con una piedra hasta matarla.
Dominga no murió por ser vieja. La asesinaron; pero su edad, su pobreza y su condición de mujer la colocaron en una vulnerabilidad que el Estado y la sociedad no pudieron proteger.
Su historia debería avergonzarnos: una mujer trabajó hasta el último día de su vida y murió por una cantidad que para muchos no paga ni una comida. Mientras unas diputadas se burlaban del olor de la vejez desde un micrófono, Dominga recorría calles sin pavimentar para ganarse el pan.
Desde hace algunos años mi madre necesita cuidados. Soy su cuidadora y he aprendido que acompañar la vejez implica cansancio, paciencia, renuncias y también una forma profunda de amor.
Mi madre se quedó sola con tres hijas. Nunca nos faltaron techo, comida, ni cariño. Ahora cuidarla con alegría no es un favor ni una condena: es reciprocidad. ¿Qué más necesitamos recibir para aprender a agradecer?
No todas las familias pueden cuidar sin apoyos por eso el cuidado no debe recaer solamente en las mujeres, ni depender del sacrificio doméstico. Necesitamos políticas públicas, atención médica digna, espacios seguros y una sociedad que reconozca el valor de quienes envejecen y de quienes los acompañamos.
Ojalá las diputadas comprendan que el rostro que hoy desprecian es el espejo de su futuro. Ojalá nosotros comprendamos que defender la dignidad de las personas mayores es defender nuestra propia dignidad.
Porque el tiempo, como la piedra sobre el río, ya viene hacia nosotros.
Como te ves, me vi. Como me ves, te verás.
