El legado Armenta: los días feroces y los días de gobierno
Ante cinco interlocutores, sentados con él a la larga mesa del salón principal de Casa Aguayo, el entonces gobernador de Puebla, Miguel Barbosa Huerta, soltó a bocajarro, para interrumpir el debate sobre quién podría ser el candidato a la gubernatura en 2024: “si Armenta va a la encuesta, Armenta va a ganar”.
No dijo más en esa charla ni volvió a abundar Barbosa en las siguientes sobre el tema, en aquellos días, ya tornados salvajes y fieros, en que el otrora Presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, había roto con los convencionalismos y los rituales políticos tradicionales para, a mediados de junio, adelantar la carrera por su sucesión. (La Silla del Águila desató una guerra intestina en Morena, de la que saldría airosa y triunfante Claudia Sheinbaum Pardo, la hoy jefa del Estado Mexicano).
Era el verano de 2021 y la decisión del primer mandatario de acabar con lo que llamó “el tapadismo” impactó también las definiciones sobre las nueve gubernaturas que, junto con la Presidencia, estarían en juego en 2024; Puebla incluido.
Luis Miguel Barbosa Huerta tenía claro que, incluso sin definiciones todavía sobre la carrera presidencial, y a pesar de que en Puebla hay quienes se sentían “los legisladores más cercanos a AMLO”, la realidad es que la base social la tenía -y la tiene- Alejandro Armenta, por encima de cualquiera.
Nunca lo dijo tal cual, al menos en esa mesa ante cinco interlocutores, que se reunía con frecuencia por la generosidad del astuto y analítico Barbosa, quien en eso sí estaba como en sus mejores tiempos de las luchas más complicadas en el ya desaparecido Partido de la Revolución Democrática (PRD), donde su capacidad de estrategia llevó a Nueva Izquierda (ID), la corriente conocida como “Los Chuchos”, a ganar elecciones internas y a ser la tribu hegemónica por décadas.
Ante tan claro panorama, y luego del adelanto de casi tres años en la carrera presidencial, con la consecuencia en las respectivas carreras por las gubernaturas -incluido Puebla-, Barbosa pareció desplegar una estrategia lógica y, posiblemente, la única viable, para meter la mano en la decisión sobre quién sería su sucesor o sucesora y/o frenar al puntero y, a la vista invencible en la interna, Alejandro Armenta.
El de San Sebastián Zinacatepec, como lo había hecho López Obrador desde la Presidencial, abrió la carrera por la sucesión a la gubernatura, pero fue él quien determinó quiénes serían las “corcholatas”.
Dio entonces luz verde a varios hombres y una mujer, para buscar la postulación del Movimiento Regeneración Nacional (Morena), con la idea de acaparar los seis lugares de la encuesta final, el método estatutario de ese partido para determinar candidaturas.
Aparecieron entonces en la carrera el entonces presidente del Congreso local, Sergio Salomón Céspedes Peregrina; la otrora titular de Economía, Olivia Salomón Vivaldo; el en ese momento titular de Salud, José Antonio Martínez García; y el entonces secretario de Educación, Melitón Lozano Pérez, entre otros.
Nunca fueron solamente barbosistas los seis posibles postulados y postuladas, pues había otras mujeres que, en la naturaleza de la competencia habrían tenido un lugar en la encuesta final que mide tres hombres y tres mujeres, pero en cambio Barbosa sí tuvo siempre los tres perfiles varones: Céspedes, Martínez y Lozano.
Si el plan funcionaba, a la encuesta final, por decisión de los órganos partidistas de Morena, pero por la inducción que había preparado Barbosa, llegarían solamente sus corcholatas hombres y Alejandro Armenta hubiera quedado relegado a su segunda opción: la encuesta por su reelección al Senado.
Tampoco nunca lo dijo Luis Miguel, pero sabía que al final de cuentas, existía también la posibilidad de que no se pudiera excluir a Armenta en la encuesta por la gubernatura y que se tuviera que negociar con él la ruta de su sucesión.
La frase lacónica siempre fue certera: “si Armenta va a la encuesta, Armenta va a ganar”, pero también permitió ver que, incluso en esas condiciones, hay posibilidad de orillar las decisiones más allá de las mediciones; se llama estrategia.
Vinieron luego hechos imprevistos y días aciagos, algunos, como la muerte de Barbosa.
En medio del furor por la sucesión en la gubernatura, Alejandro Armenta llegó, a fuerza de empeño, con mucho esfuerzo de cabildeo propio y con raspaduras políticas internas en su partido, a la Presidencia del Senado de la República, en una tercera votación, la cardiaca noche del 31 de agosto de 2022.
Había ganado internamente el poblano al candidato de Palacio Nacional, el mexiquense Higinio Martínez Miranda, y había contradicho a su coordinador, Ricardo Monreal Ávila, quien -aseguran varias fuentes- al final le retiró su respaldo y le dijo “bájate” de esa contienda, aquella tarde agridulce en la sede de la intersección de las avenidas Insurgentes y Reforma en la Ciudad de México.
Un mal acechaba también entonces a Puebla, del riesgo de que cayera en las garras de un grupo que ha sido señalado de vinculaciones inconfesables, actos punibles y el liderazgo del hoy tan desprestigiado senador Adán Augusto López Hernández. Sí, el grupo que impulsaba y sigue impulsado las aspiraciones de Moisés Ignacio Mier Velazco.
Al final, como dijo Barbosa: “si Armenta va a la encuesta, Armenta va a ganar”, el ex presidente del Senado triunfo de calle en la encuesta y arribó a la gubernatura con una votación ciudadana histórica.
Barbosa y Armenta -es una opinión de la que estoy seguro- hubieran caminado juntos, para librar a Puebla de la perversidad y la malignidad.
Un mal que, por cierto, aún acecha.
El legado Armenta: los días feroces y los días de gobierno
