La revolución de las camisetas guindas
Hubo una época en la que Morena parecía una mezcla entre movimiento social, cruzada moral y club de resistencia.
Estaban los del «No al desafuero», convencidos de que la democracia mexicana se jugaba en una sola persona. Vinieron después los defensores del petróleo, quienes advertían que entregar a PEMEX era poco menos que vender la patria en abonos chiquitos. Más tarde llegaron las «brigadas del cambio verdadero», los guardianes de las urnas, los promotores de casa en casa y los convencidos de que, una vez en el poder, México despertaría convertido en Dinamarca.
La consigna era sencilla: acabar con la corrupción, desterrar a la mafia del poder y demostrar que sí existía una reserva moral en la política mexicana.
Y entonces ocurrió lo impensable: ganaron.
El problema es que Morena pasó tanto tiempo preparándose para ser oposición, que nadie les avisó que gobernar era otra cosa.
Porque ser oposición es maravilloso: siempre hay un culpable, un villano, un neoliberal escondido detrás de la cortina. Gobernar, en cambio, es bastante más incómodo. Gobernar implica resultados, asumir costos y descubrir que el presupuesto no alcanza para repartir esperanza en cada conferencia mañanera.
La gran ironía del movimiento es que terminó convirtiéndose en una especie de arca de Noé de la política mexicana: dos de cada partido, para poder llenarla.
Del PRI llegaron Manuel Bartlett, Ignacio Ovalle y decenas de operadores que, milagrosamente, encontraron la luz guinda después de décadas de militancia tricolor. Del PAN y del PRD también hubo conversos. Porque si algo ha demostrado la Cuarta Transformación es que el perdón político existe, siempre y cuando venga acompañado de votos.
Resultó que la famosa «mafia del poder» era menos una lista de nombres y más una sala de espera.
Y vaya que la fila era larga.
Ahí están Ricardo Monreal, Marcelo Ebrard, Adán Augusto López, Gerardo Fernández Noroña y una interminable colección de personajes que han aprendido la primera regla de la política mexicana: no importa de dónde vienes, sino de qué color es tu camisa el día de hoy.
Morena prometió jubilar a la vieja clase política y terminó contratándola como asesora.
El partido que nació criticando el dedazo ahora organiza sucesiones que harían sonrojar a más de un priista de los años ochenta. El movimiento que denunció el amiguismo descubrió que la confianza también tiene apellidos. Y quienes cuestionaban el culto a la personalidad terminaron convirtiendo la lealtad en una virtud política.
Pero no nos engañemos: esto no es exclusivamente un problema de Morena. Es una vieja tradición mexicana. La diferencia es que Morena llegó prometiendo ser el antídoto y, con el paso de los años, parece haberse conformado con ser una nueva presentación del mismo medicamento.
Con envase reciclable, eso sí.
¿Dónde están aquellos que aseguraban que nunca permitirían los excesos del poder? ¿Qué fue de los que gritaban que el pueblo pone y el pueblo quita? ¿En qué momento los indignados se convirtieron en funcionarios que ahora piden paciencia, comprensión y otros seis años más?
Tal vez la respuesta sea más sencilla de lo que pensamos.
Morena nunca aprendió a gobernar porque estaba demasiado ocupado aprendiendo a ganar.
Y ganar, hay que reconocerlo, lo hace bastante bien.
Hoy, muchos de aquellos brigadistas ocupan oficinas climatizadas. Los que antes denunciaban privilegios viajan con escoltas. Los que pedían austeridad ahora explican por qué ciertos gastos son «parte de la responsabilidad del cargo».
La revolución envejeció.
Y como suele suceder en México, terminó pareciéndose a sus padres.
Quizá por eso la pregunta más incómoda no es dónde están los políticos de antes. La respuesta es evidente: siguen aquí.
La pregunta es cuándo dejamos de reconocerlos.
Porque, al final, la transformación más exitosa de Morena no fue cambiar al país.
Fue lograr que millones de mexicanos vieran a los mismos actores de siempre y pensaran que estaban viendo una obra completamente distinta.
A veces, al parecer, a cambiar el mundo. Y otras, simplemente, a cambiarse la camiseta.
Y nuevamente, aquí viene la gran pregunta, ¿A qué le tiras cuando sueñas, mexicano?
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