El feminismo convertido en franquicia electoral
Hay una nueva forma de oportunismo político vestida de morado: mujeres que nunca caminaron con las colectivas, que jamás acompañaron a una víctima ni incomodaron al poder cuando hacerlo implicaba perder prestigio, relaciones o posiciones.
Hace apenas un par de décadas declararse feminista no era una credencial útil para ascender en la política. Al contrario, las feministas eran señaladas como radicales, incómodas, exageradas o resentidas. No daban votos ni producían aplausos institucionales.
El escenario cambió. Hoy muchas de las que guardaron silencio frente a los abusos del patriarcado encabezan foros, levantan pañuelos y pronuncian discursos de igualdad.
Ese avance cultural, que podría parecer una victoria para las mujeres, también ha traído un riesgo: convertir el feminismo en herramienta de posicionamiento personal, escudo político y mecanismo para evadir la rendición de cuentas.
Cada vez es más frecuente observar cómo algunas figuras públicas intentan transformar cuestionamientos legítimos en supuestas agresiones machistas. La crítica a una decisión pública, una conducta indebida o un abuso de poder deja de discutirse y se traslada al terreno del género. La estrategia es simple: si una mujer es cuestionada, entonces el cuestionamiento puede presentarse como misoginia.
Pero la igualdad no funciona así.
Las mujeres lucharon para ser reconocidas como sujetas plenas de derechos y responsabilidades. No para sustituir una impunidad masculina por una femenina. No para convertir el género en blindaje político.
El feminismo nació para combatir privilegios, no para crear nuevos. Cuando una mujer utiliza el discurso feminista para evitar consecuencias que también enfrentarían los hombres, no fortalece la igualdad: la debilita.
El problema ya no se limita a la política. También aparece en los medios, las redes sociales y la vida cotidiana. Conceptos fundamentales para comprender la violencia contra las mujeres se utilizan cada vez con mayor ligereza.
Cualquier desacuerdo se convierte en violencia; cualquier crítica, en misoginia; cualquier consecuencia, en persecución. Y cuando todo se interpreta desde esa lógica, los casos reales de discriminación y violencia pierden fuerza y credibilidad ante la opinión pública.
Existe además otro riesgo que merece atención: las candidaturas de mujeres controladas por hombres.
En otros tiempos se les llamó “Juanitas”: mujeres postuladas para cumplir cuotas mientras otros ejercían el poder real desde las sombras. Cambiaba el rostro en la boleta, pero no cambiaban las decisiones.
Hoy esa práctica puede reaparecer con una estética más moderna y un discurso más sofisticado. Mujeres candidatas, sí, pero con padrinos políticos que negocian acuerdos, administran territorios y conservan el control.
Eso no es paridad sustantiva.
Eso es simulación con maquillaje violeta.
La democracia no necesita mujeres decorativas ni prestanombres. Necesita liderazgos autónomos, preparados y capaces de tomar decisiones propias. Tampoco basta con proclamarse feminista.
Hay que preguntarse qué hizo esa persona cuando no había cámaras, cuando no existía una candidatura en juego o cuando defender una causa no producía beneficios políticos. Porque no toda mujer en el poder representa los intereses de las mujeres, ni toda mujer que utiliza el lenguaje feminista practica la justicia.
Mientras tanto, la industria del feminismo institucional continúa creciendo. Foros, campañas, congresos, fotografías, merchandising y discursos llenan las agendas públicas.
Sin embargo, millones de mujeres siguen enfrentando violencia, precariedad laboral, abandono escolar, embarazos adolescentes y enormes obstáculos para acceder a la justicia. Las madres buscadoras continúan recorriendo caminos. Las víctimas siguen encontrando instituciones indiferentes. Las trabajadoras siguen sosteniendo hogares sin reconocimiento ni protección.
Por eso el feminismo no necesita más mercadotecnia.
Necesita resultados.
Necesita coherencia.
Necesita una ciudadanía capaz de distinguir entre representación real y simulación conveniente. Y necesita algo todavía más incómodo: exigir cuentas también a las mujeres que ejercen poder.
La igualdad verdadera no consiste en aplaudir todo lo que hace una mujer por el simple hecho de ser mujer. Consiste en reconocer su capacidad plena para decidir, liderar, responder y asumir consecuencias.
El feminismo no puede convertirse en franquicia electoral, seguro contra críticas ni coartada para la impunidad. Debe volver a ser lo que siempre fue en su esencia más profunda: una lucha ética, colectiva y transformadora contra todas las formas de desigualdad.
Porque si el feminismo termina sirviendo para proteger privilegios, encubrir simulaciones o maquillar viejas estructuras de poder, no estaremos frente a una revolución de mujeres.
Estaremos frente al viejo patriarcado aprendiendo a hablar en femenino.
Y a ese, compañeras, también hay que desmontarlo.
El feminismo convertido en franquicia electoral
